Hace seis décadas, un pequeño local sobre la avenida Madero en el corazón de Tijuana, se convirtió en el inicio de una gran historia. Con apenas 600 dólares, los ahorros de toda una vida, Ricardo Martínez Apodaca y su esposa Delia Apodaca compraron un modesto restaurante llamado El Gallo. A partir de ese momento, la vida de la familia cambiaría para siempre, y con ella, también el sabor de la ciudad.

Lo que comenzó como una tortería con un menú sencillo —tortas de lomo y caldo de res— fue evolucionando con los años en respuesta al cariño y la demanda de los clientes. La fórmula era clara: comida honesta, abundante y hecha con dedicación. Así, Ricardo’s no solo ganó estómagos, también corazones, convirtiéndose en un referente culinario para locales y visitantes.